miércoles, 6 de marzo de 2019

De mis jornadas carnavalescas


Los carnavales, desde mis inmemoriales tiempos, quiero decir desde los tiempos de mis padres, jamás ha representado a un día especial o distinto que las ordinarias. Mis padres, en los días de carnaval, lejos de incluirse a la tradicional Ch´alla con hermanos, primos, tíos o vecinos, preferían -a la cabeza de mi muy estimado padre- pasar en familia, hacer un asado o simplemente disfrutar del feriado mirando la tele, de tal modo que cuando niño solía estar en casa jugando a cualquier cosa con mis hermanos. Mientras que para mis allegados amigos esto siempre significó jugar con globos y espumas mientras sus padres le echaban bombas a las chelas, y más tarde, por su puesto, correteaban a las imillas del barrio.

De tal manera que ahora con treinta y tantos años encima y muerto mi padre, las cosas no han cambiado. Entiendo que los carnavales son espacios de convivencia, confraternización y encuentro de viejos amigos que por la distancia y el tiempo aprovechan estas fechas para reunirse y pasar unas horas intensas. Así mismo, en nuestro país es ya cultura muy arraigado en nuestras entrañas, como una especie de promoción de nuestra cultura polifacética, en sus dimensiones bellísimas y cuantioso colorido. Así es nuestra cultura plurinacional finalmente, así es nuestra extraordinaria cultura, milenaria en todo sentido de la palabra, que a pesar de mi formación mediocre en estas acciones innatas, tengo un sentido de admiración y respeto por ella. 


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martes, 18 de diciembre de 2018

Ella podría ser Claribel de Tamayo

No sé. Quizá jamás. Nuestro encuentro es a sol. Pero su hermosura arrastra todas las maldiciones que uno puede imaginar. Ella, en cambio, encuentra un ser extraño, interesante que los ojos profundos debelan otras cosas no necesariamente normales (lo dijo). No es que está enamorada, sino es simple como un antojo de mujer lo que siente. Nada más. Y debes en cuando me manda fotos de aquello que la hace sonreír, perritos de peluche, comprados en un McDonald. Su nombre es parecido al poema de Claribel, de mi estimado Tamayo.

martes, 10 de octubre de 2017

Mi hermanita

Mi madre y mi hermana salieron temprano,  las ganas de ver a mi hermanita fueron frenados con su partida. Realmente la extrañaba y seguramente ella lo hacía también.  Ella es como si fuera mi hija, no conoció a papá, siento como si yo le hubiese criado. En ese sentido ser huérfanos no es lo mismo desayunar o cenar en una tarde fresca de primavera. 

viernes, 8 de septiembre de 2017

El recomienzo

En esa acta escribimos nuestros nombres, seguros de publicar la Historia de Villa Aroma, en septiembre,  el aniversario de la ESFM. Condori además de los documentos nos entregó una Qurawa con los colores propios y característicos como símbolo de compromiso y victoria. Cori estaba contento. Para mi, era una oportunidad para publicar este libro que lo había terminado hace dos años.
Ahora comienza un nuevo tiempo en que ya no hay descanso.

El entrenador del Relámpago ⚡

Le ubiqué por el Facebook como me lo recomendó mi buen amigo Orlando. Le pedí hablar y quedamos para las siete, en su casa. A esa hora, Herrera me recibió con alta amabilidad. Y nos quedamos charlando hasta casi la media noche. Sin poder romper en algún momento la conversación.

Aceptó ser el entrenador del Relámpago, y más todavía, estaba esperando una oportunidad como esa para aplicar las nuevas técnicas futbolísticas de tipo europeo.  Yo estaba ilusionado, pronto el equipo de mi padre entendería un tipo de juego más moderno con el que podremos ganar los campeonatos de la región de Aroma.

Ahora solo queda esperar.

jueves, 7 de septiembre de 2017

La pregunta

Hoy te soñé, Gaby, pero no era en tu cuarto como muchas veces. Era en el mío. Tu sonrisa mezquina rosaba mi pelo y tus manos me presionaban hacia a tu cuerpo, desnuda, deslizándose sobre el mío. Todo era real en aquel sueño, tan ausente de toda ilusión, no como es la realidad, ahora.

¿Qué haces justo ahora que no estoy? ¿En qué piensas cuando nuestros ojos no se ven? ¿Que dice tu boca sin la mía? ¿Qué fue de esa comida que con tanto amor me la preparabas?

Quizá ya no estemos, talves no te vuelva a entregar los besos más locos, pero estaré en tu mente toda la vida, pues yo siendo un picaflor fuiste tú la última más dulce. No lo olvides.

miércoles, 6 de septiembre de 2017

El viejo y el mar, Ernest Hemingway

Aferrarse a un sueño aún en la absoluta soledad
Ernest Hemingway

Para Septo Día Félice,
donde esté su gloria

“Me estás matando, pez, pensó el viejo. Pero tienes derecho. Hermano, jamás en mi vida he visto cosa más grande ni más hermosa, ni más tranquila ni más noble que tú. Vamos, ven a matarme. No me importa quien mate a quién”.
Leer a Hemingway es como saborear algún caramelo de chocolate hasta chamuscar con los dientes su delgado palillo. O en medio de la arena, en horas de sol sofocante, saborear un helado de vainilla.
Y en medio de esa inmensa maestría yace un pinche poema: Los ojos son del color mismo del mar.
El viejo y el mar es una de las novelas cortas más típicas y posiblemente la obra más famosa del escritor estadounidense Ernest Hemingway (1899-1961) de no más de 100 páginas. Cuenta la historia de Santiago, un viejo pescador, que se enfrenta, aún en el regazo de su vida, a un enorme pez en medio de un mar insólito por varios días y noches, y tras su victoria, es acechada por unos feroces tiburones con los que tras una batalla sin igual, cae derrotado.
Pero como en toda obra de arte, Hemingway nos enseña muchas cosas; tan simples como que siempre seremos superiores ante alguien y siempre habrá alguien superior a nosotros. Que nosotros, las personas, no somos irremplazables. Y perdemos muchas batallas en la vida.
Al leer El viejo y el mar uno siente adentrarse al terreno del enemigo sin sospechar que habrá una batalla, sin armas más que la experiencia, y ser vencido. ¿Fue realmente una batalla? ¿Quién ganó a quién? Las batallas se ganan cuando los soldados han previsto las armas, y se pierden valientemente cuando se ha entregado todo por una causa. Entonces, solo hay cansancio, dolor y algo de soledad.
La vida es como la historia de este miserable pescador que raya líneas, una y otras vez, sobre el mar. Y todo es fugaz, todo es relativo, y nada es para siempre, como muchas cosas en la vida. A veces el inconsciente llama a la realidad como el viejo que espera encontrar un pez enorme, persistente. El hecho de sumergirse en el mar, de forma intencional, es como adentrarse a la vida, con lo que se tiene, con lo que somos, para enfrentar y encarar, solos; finalmente, es una lucha solitaria, la vida. De esta forma, debemos aprender a vivir atentos, a las cosas que intenta decirnos el correr del tiempo. Como cuando el viejo está dispuesto, atento cuando la buena suerte se asoma ante sus ojos. Entonces llega el encuentro con el destino, con lo que la mente ya sabía. El encuentro con la realidad, como el limpio olor matinal del océano, lejos de la playa, lejos de su realidad cotidiana, inmerso en su soledad, una soledad que realmente no es soledad aún de los peces voladores sino la lucha entre él y su destino.
El pez grande simboliza el logro mayor que solo se consigna cuando estamos preparados para hacerlo, no es casual, es provocado. Nuestra lucha ardua comienza desde el mediodía hasta la noche entera, y toda una vida a veces, e igualmente desconocidos nuestros verdaderos problemas, como aquel misterioso pez que se esconde, aunque tira imponente, desde el fondo del mar. Pero no siempre somos fuertes: “No puedo hacer nada con él, y él no puede hacer nada conmigo, pienso. Al menos mientras siga este juego”.
Vivir así, en ese mundo fugaz como en la novela. Amar tanto que odiar tanto, porque es la única esperanza para estar bien. Allí el reto no es con el prójimo, quizá ni siquiera es con el pez, tal vez es con la cruda naturaleza, el tiempo y el espacio. Es la demostración más sublime de la valentía, que a veces, los seres humanos, estamos condenados a vivir.
La novela de Ernest Hemingway tiene estos matices, donde la fantasía y la realidad están separadas por una delgada telita. Hay soledad manifiesta, cargados de ficción, de ilusión, que aunque estemos en la multitud, persisten.
Y para terminar no puedo dejar de citar un pasaje que simplemente un maestro, como Hemingway, puede hacer con las palabras:
─ ¡Cristo! ¡No sabía que fuera tan grande!
─ Sin embargo lo mataré ─dijo─.  Con toda su gloria y su grandeza.
Aunque es injusto, pensó. Pero le demostré lo que puede hacer un hombre y lo que es capaz de aguantar.
                                           Edwin Callizaya
                                  Septiembre 06, 2017

La viuda de Márquez

La viuda de Márquez Edwin Callizaya Fue en Jaruma que oí hablar de Victoria Ocampo y, muchos años después, allí mismo la conocí. Se p...